Saltillo.– Cuando cae la noche, entre matorrales, árboles y rincones donde el concreto todavía no termina de imponerse sobre la tierra, diminutos destellos rompen la oscuridad.
Se encienden. Se apagan. Vuelven a aparecer unos metros más allá. Son luciérnagas.
Para quien tiene la fortuna de encontrarlas, el espectáculo puede durar apenas unos minutos. Para algunos representan un recuerdo de infancia; para otros, una rareza en una ciudad enclavada en una región semidesértica. Pero para los especialistas, esas pequeñas luces cuentan una historia mucho más profunda.
Tenemos el territorio
Las luciérnagas que todavía aparecen en Saltillo son una señal de que, pese al crecimiento de la mancha urbana, la transformación del suelo y la contaminación lumínica, aún sobreviven espacios con las condiciones necesarias para sostenerlas.
Su presencia depende de humedad, vegetación, suelos adecuados y oscuridad. Por eso, más que un espectáculo de la naturaleza, pueden convertirse en una especie de termómetro de la salud ambiental de la ciudad… Y su ausencia también puede ser un mensaje.
“El hecho de que estén y que las sigamos viendo quiere decir que todavía hay condiciones ambientales favorables para que se sigan desarrollando”, resumió Luis Alberto Aguirre Uribe, doctor en Entomología, maestro investigador de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro (UAAAN).

Pero inmediatamente lanzó una advertencia:
“A lo mejor no las vamos a ver en las cantidades que solíamos verlas”.
No son moscas: son escarabajos que hablan con luz.
Lo necesita
Detrás del destello que fascina a niños y adultos existe un complejo proceso biológico.
Las luciérnagas pertenecen a la familia Lampyridae y, aunque su nombre pudiera sugerir lo contrario, se trata de escarabajos.
Aguirre Uribe explicó que los segmentos finales de su abdomen son los responsables de generar la característica luz que las distingue. Pero esa luminosidad no está hecha para maravillar a los humanos: es fundamental para su reproducción.
Los adultos tienen hábitos crepusculares y nocturnos. Durante ese periodo ocurre el apareamiento y las señales luminosas participan en la comunicación entre individuos.
“También se dice que la velocidad del prendido y apagado de estos segmentos sirve para llamar al sexo opuesto; por eso es que la imagen, cuando las vemos, no es una luz sincronizada, sino que cada una tiene su ritmo, incluso su intensidad”, explicó el investigador.
La vida luminosa que observamos es apenas una parte de su existencia. Su historia comienza bajo nuestros pies.

Los estados inmaduros se desarrollan en el suelo y posteriormente pasan por una etapa de pupa, durante la cual ocurre la metamorfosis que dará origen al adulto. Entonces emergen y comienza la etapa en la que finalmente podemos observarlas volando entre la vegetación. Tras el apareamiento, la hembra deposita nuevamente los huevecillos en el suelo y el ciclo vuelve a comenzar.
Por eso, para que una luciérnaga ilumine una noche de verano primero tuvo que existir un suelo capaz de albergarla. Y ahí comienza la verdadera historia ambiental.
La lluvia encendió sus luces
Saltillo y su entorno recibieron durante 2026 lluvias que favorecieron el crecimiento de vegetación y la disponibilidad de alimento, condiciones que benefician a numerosas especies de insectos.
“La lluvia hace que haya más vegetación; entonces las especies tienen qué comer. Si hay alimento suficiente, las poblaciones van a crecer”, explicó Aguirre Uribe.
La relación entre lluvias y recuperación de fauna no se limita a las luciérnagas. Durante julio, Protección de la Fauna Mexicana reportó también un incremento de avistamientos de fauna en la sierra de Zapalinamé asociado con las precipitaciones, mayor disponibilidad de agua y recuperación de vegetación.
Para las luciérnagas, la humedad del suelo es especialmente importante porque buena parte de su desarrollo ocurre ahí.
Esto explica también por qué existen años en los que parecen multiplicarse y otros en los que apenas se observan.
Si el próximo año las lluvias fueran menores, Aguirre Uribe considera que no necesariamente desaparecerían.
“Las vamos a seguir viendo, pero no en poblaciones como la estamos viendo este año”, señaló.
Un pequeño indicador de algo mucho más grande
Aquí es donde el destello deja de ser solamente bonito. Ernesto Ortega, biólogo con 22 años de experiencia en consultoría ambiental en proyectos de desarrollo y conservación, explicó que las luciérnagas pueden funcionar como bioindicadores, organismos cuya presencia permite conocer determinadas condiciones del ecosistema.
“Requieren humedad, humedad en el ambiente, humedad en el suelo […] requieren suelos sanos, son muy sensibles a los químicos”, detalló.
“Pero necesitan algo más. Oscuridad”.
“Se presentan en sitios con características de ambientes muy limpios, muy sanos”, afirmó.
La ecuación parece sencilla: para observarlas deben coincidir diferentes factores ambientales.
Debe existir suelo donde puedan completar parte de su ciclo, debe haber vegetación, tiene que conservarse humedad y deben reducirse ciertas perturbaciones químicas.
Y, cuando llega el momento de reproducirse, necesitan oscuridad suficiente para que sus señales luminosas puedan cumplir su función.
Por ello, encontrar luciérnagas dentro de una ciudad adquiere otra dimensión.
Ortega señaló que en el sitio de Saltillo donde se realizó parte de la observación todavía existe un cauce intermitente y condiciones que permiten mantener diversidad vegetal y animal.
“Nos indica que este es un ecosistema sano”, afirmó.
Así, cada pequeña luz funciona como una pista.
No significa que toda la ciudad se encuentre ambientalmente intacta, sino que en determinados puntos todavía sobreviven las condiciones que estos insectos necesitan.
Cuando la luz se apaga
La ausencia puede resultar incluso más reveladora que la presencia.
Para Ortega, perder especies bioindicadoras puede convertirse en una alerta temprana de que algo comenzó a romperse.
“Perderlas significaría perder una especie ícono que tenemos, hasta una especie que permite el balance y que nos indica la cuest
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