Piedras Negras, Coahuila.- Una cámara que llegó a sus manos desde niño terminó convirtiéndose en una forma de descubrir, documentar y defender la naturaleza de la frontera, y es la fotografía la que llegó a la vida del doctor Armando Ramos Flores mucho antes de que pudiera imaginar que algún día se convertiría en una de sus grandes pasiones.
No fue en un curso, ni en una escuela de fotografía; fue en casa, de la mano de su padre, también médico, quien utilizaba una cámara para documentar enfermedades de la piel.
Mientras su padre observaba y registraba los casos médicos, el pequeño Armando comenzó a acercarse a aquella cámara casi como un juego.
Tenía apenas cinco o seis años cuando comenzó a experimentar con ella.
“Me ponía la cámara ahí y decía: ‘A ver, tómale la foto de este grano, esta roncha en la piel’. Le enfocaba, le ponía la luz, el exposímetro y todo lo que él me iba explicando lo iba haciendo yo”, recuerda.
Sin saberlo, aquellas primeras fotografías estaban sembrando una inquietud que permanecería con él durante toda su vida.
Su padre fue su primer maestro; no hubo grandes cursos ni formación académica especializada; hubo cámaras, experimentos, errores y mucha curiosidad.
Aprendió con cámaras de 35 milímetros, utilizó también aquellas antiguas cámaras de formato 120 milímetros y hasta experimentó con las Polaroid, donde cada disparo tenía un precio y equivocarse significaba perder una fotografía costosa.
Más adelante quiso aprender a revelar fotografías en blanco y negro, por lo que consiguió el equipo y comenzó a experimentar con químicos, papel, luz e intensidad.
Las fotografías no siempre salían como esperaba, pero cada error era también una lección.
En Saltillo, el fotógrafo Castilla le compartió algunos consejos básicos para aprender a calcular la luz, modificar el diafragma y la velocidad de la cámara; conocimientos que le permitieron seguir avanzando en una época en la que las cámaras todavía no contaban con los recursos tecnológicos actuales.
Una cruz, un casco y el primer concurso
En 1976, cuando el doctor Armando Ramos Flores tenía apenas 16 años de edad, llegó uno de esos momentos que terminarían marcando su camino.
En Saltillo se organizó un concurso de fotografía relacionado con la tradicional fiesta del Santo Cristo, por lo que quería participar, pero no sabía qué fotografiar.
Fue su madre quien le dio la idea.
Le sugirió buscar una cruz en un panteón, colocarle un rifle y un casco de soldado, así que Armando consiguió el casco, lo pintó de oscuro y, acompañado de un amigo que tenía motocicleta, se dirigió a los panteones de Saltillo.
La aventura terminó con un velador cuestionando qué hacían ahí, pero también terminó con una fotografía que obtuvo el tercer lugar en el concurso.
Aquel reconocimiento fue más que un premio para un adolescente, ya que fue el primer impulso para tomarse la fotografía un poco más en serio, así que este arte comenzó a acompañarlo mientras estudiaba medicina en la Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey.
Participó en concursos de un periódico y ganó en al menos dos ocasiones. Uno de los premios fue un viaje a Acapulco; otro consistió en material fotográfico.
Después vendrían otros concursos, entre ellos uno de la revista Siempre, donde obtuvo un reconocimiento por una imagen captada durante un motocross en Saltillo.
“La fotografía mostraba a un piloto en el aire, justo antes de caer”, comparte.
Mientras avanzaba en la carrera de medicina, la cámara seguía acompañándolo, así que fotografiaba partidos de fútbol americano de sus compañeros, arquitectura, escenas de la calle y deportes.
Sin embargo, reconoce que nunca fue buen comerciante de sus propias imágenes; las mandaba imprimir y terminaban nuevamente en sus manos.
“Siempre me quedaba con ellas”, cuenta entre risas.

Del paisaje a la vida silvestre
Durante años, la fotografía estuvo presente en su vida sin que todavía existiera una intención clara de dedicarse a la naturaleza; sin embargo, los amaneceres y atardeceres comenzaron a llamar su atención durante los viajes de pesca, campamentos y vacaciones.
Había que decidir entre pescar o tomar fotografías, y poco a poco la cámara fue ganando terreno.
La verdadera transformación llegó años después, cuando, cerca de su jubilación, trabajó en un rancho de la región de Guerrero, donde documentó todo; encontraba vacas, arroyos, mezquites, nopales, flores, cenizos.
Pero quedarse horas escondido en un mezquite o dentro de un blind para esperar a los animales cambió completamente su manera de mirar, pues comenzó a fotografiar correcaminos, coyotes, jabalíes y guajolotes.
Descubrió que los guajolotes podían dormir en los árboles y que al amanecer podían convertirse en protagonistas de escenas que jamás había imaginado.
Entonces apareció una nueva obsesión: las aves.
Conoció la Comunidad Mexicana de Fotógrafos de Naturaleza y comenzó a participar en viajes especializados; uno de ellos lo llevó hasta la Reserva de la Biósfera El Triunfo, en Chiapas.
El viaje no fue sencillo; para llegar había que caminar aproximadamente 12 kilómetros montaña arriba. Ahí, en medio de la selva, conoció al quetzal.
La fotografía de aves terminó convirtiéndose en una pasión compartida con su esposa, así que ambos comenzaron a salir con sus cámaras, esconderse durante horas y esperar pacientemente a venados, guajolotes y jabalíes.
“Ella incluso ha ganado concursos de fotografía”, resalta orgulloso.
Ahora, cuando escuchan el canto o el ruido de un ave, los dos voltean al mismo tiempo para intentar identificarla.
El río Bravo visto a través de un lente
En Piedras Negras, el doctor Armando Ramos Flores encontró otro escenario para su fotografía: El río Bravo.
Comenzó a acudir los sábados y, mientras buscaba imágenes para probar su cámara, descubrió algo que estaba prácticamente frente a los habitantes de la ciudad, pero que pocos observaban: Aves migratorias y especies residentes compartían aquel pequeño tramo del río.
Entre el puente internacional número 1 y el puente internacional número 2, el médico ha logrado identificar y fotografiar aproximadamente 48 o 49 tipos diferentes de aves.
La experiencia también le permitió observar cómo ha cambiado el entorno.
Los árboles y carrizos que antes formaban parte del paisaje desaparecieron en algunas zonas y fueron sustituidos por alambre de púas y otros elementos que modificaron el escenario.
La fotografía que recorrió el mundo
Entre cientos o quizá miles de fotografías, hay una que terminó teniendo una vida propia; la tomó en un rancho de Guerrero, Coahuila, mientras iba en su camioneta y encontró un correcaminos sobre el camino.
A cierta distancia descubrió también a un coyote; el depredador observaba al ave y el correcaminos, a su vez, parecía mirar al coyote; dos animales, frente a frente, en una escena que parecía salida de una película. Armando disparó.
La fotografía capturó a ambos sobre el mismo camino y posteriormente fue publicada en redes sociales sin título ni explicación.
Tiempo después, volvió a encontrarla circulando en internet; apareció en distintos países y fue utilizada para representar todo tipo de situaciones relacionadas con la idea de que entre el coyote y el correcaminos siempre existe un ganador.
Detalla que la fotografía incluso ha aparecido en publicaciones de Australia y Japón.
dmc