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Cuarenta años bajo el agua
A los 101 años, don David Aguirre Valdés no recuerda con precisión el año en que ocurrió.
Coahuila

Cuarenta años bajo el agua

Un robalo se llevó al fondo de un ojo de agua en Zaragoza, Coahuila, el señuelo que David Aguirre Valdés le había regalado a su padre. Cuatro décadas después, el azar —o algo que don David prefiere llamar de otra manera— le devolvió aquel pequeño pez de madera.

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Autor: Agencias
15 de septiembre de 2026 a las 13:27 · 1761 Vistas · 2 min de lectura

Zaragoza, Coahuila.- Un robalo se llevó al fondo de un ojo de agua en Zaragoza, Coahuila, el señuelo que David Aguirre Valdés le había regalado a su padre. Cuatro décadas después, el azar —o algo que don David prefiere llamar de otra manera— le devolvió aquel pequeño pez de madera.

A los 101 años, don David Aguirre Valdés no recuerda con precisión el año en que ocurrió. Tampoco si aquel día alcanzó a sacar algún otro pescado. Hay detalles que el tiempo, haciendo su trabajo, ha borrado.

Pero todavía puede ver el robalo.

Lo ve debajo del agua transparente del Ojo de las Ánimas, a menos de dos metros de sus pies. Grande. Quieto. Más de dos kilos, calcula. Lo ve marcharse y volver. Recuerda las raíces de las plantas acuáticas bajo sus tenis, el pantalón de mezclilla mojado, la cachucha contra el sol y aquella carnada roja hundida en el agua.

Y recuerda, sobre todo, lo que sucedió después.

El pez dio una sacudida brutal.

—Hizo una revolución como si quisiera tumbar a todo Zaragoza.

Don David sonríe al contarlo.

El robalo se llevó la carnada artificial.

El problema era que el señuelo no era suyo.

Era de su padre.

Y tardaría cerca de cuarenta años en devolvérselo.

El padre

Antes de que existiera una historia acerca de un señuelo perdido, hubo otra historia mucho más sencilla: la de un niño siguiendo a su padre hacia el río.

David nació el 29 de diciembre de 1924. Creció en Zaragoza, al norte de Coahuila, en una región donde los ríos San Rodrigo y San Antonio forman parte no sólo del paisaje, sino de la vida cotidiana.

Tenía unos doce años cuando su padre, Marcelo Aguirre Zertuche, comenzó a llevarlo a pescar.

—Eso del gusto por la pesca lo aprendí de mi padre.

Don Marcelo tenía experiencia. David observaba.

Aprendió que pescar no consistía solamente en lanzar una carnada al agua y esperar. Había que saber moverse, guardar silencio, reconocer el lugar, calcular el lanzamiento, entender la corriente y hacer trabajar el señuelo.

Con el tiempo desarrolló una destreza que sorprendía a quienes lo acompañaban.

A él no le gusta llamarla suerte.

—Algunos, al saber uno pescar, lo confunden con buena suerte. Pero es habilidad. Es la forma de pescar, el silencio… todas las cosas que se van aprendiendo con los años.

Trabajó desde joven y comenzó a comprar su propio equipo: caña, carrete y señuelos.

En algún momento de la década de 1950, David encontró en una tienda un señuelo que le llamó la atención.

Era rojo, con unas marcas negras semejantes a branquias.

Pensó en su querido padre.

Y se lo compró.

Un pequeño pez de madera venido de Michigan

Muchas décadas después sería posible identificar aquella carnada con mayor precisión: un Heddon Dowagiac Minnow No. 154, un señuelo de madera de una de las compañías más importantes en la historia de la pesca artificial estadounidense.

La empresa Heddon nació en Dowagiac, Michigan, a comienzos del siglo XX. Las primeras carnadas fueron producidas artesanalmente por la familia Heddon antes de que el negocio creciera hasta convertirse en uno de los grandes fabricantes de señuelos del país.

El modelo 154 pertenece precisamente a aquella era temprana. Ejemplares documentados de alrededor de 1905 presentan cuerpo rojo, largas branquias negras pintadas a mano, ojos de vidrio, hélices metálicas en los extremos y cinco anzuelos triples.

Era una pequeña maquinaria de engaño.

Un pez de madera construido para parecer vivo.

El agua hacía girar sus hélices; el movimiento y el color hacían el resto.

David no sabía entonces que décadas más tarde aquellos antiguos Heddon serían piezas codiciadas por coleccionistas. Sólo sabía que aquella carnada le parecía bonita y que probablemente le gustaría a su padre.

Se la regaló.

Don Marcelo la utilizó.

Pasaron algunos años.

Un día David quiso ir a pescar y le pidió prestado precisamente aquel señuelo.

Su padre se lo prestó con mucho gusto.

El Ojo de las Ánimas

David fue solo.

Manejaba hasta donde podía acercarse y dejaba la camioneta cerca de un canal. Desde allí caminaba aproximadamente medio kilómetro cargando un morral con los señuelos, algo de comida y el resto del equipo.

Su destino era conocido en Zaragoza como el Ojo de las Ánimas, también llamado Ojo Grande u Ojo Redondo.

David lo recuerda de unos 80 metros de diámetro, con un fondo cónico que descendía desde las orillas hacia el centro.

Era muy profundo, de agua extraordinariamente clara, con una franja de vegetación acuática alrededor. A diferencia del río, donde estaba acostumbrado a introducirse para pescar, ahí no podía avanzar con facilidad: el fondo era lodoso y la profundidad aumentaba rápidamente.

Aquel día se abrió paso entre las raíces de las plantas de la orilla.

Sacó el señuelo de su padre.

Fue el primero que colocó.

Durante un tiempo no pasó nada.

Hasta que miró hacia abajo.

Allí estaba.

Un robalo grande, casi junto a él.

El pez desapareció.

David esperó.

Volvió.

Después volvió a marcharse.

Entonces el pescador decidió hacer algo distinto.

En lugar de lanzar lejos, bajó silenciosamente el señuelo rojo hasta el sitio por donde había visto pasar al pez.

Esperó.

El robalo regresó despacio.

Se aproximó a la carnada.

Pasó encima.

David tiró.

El anzuelo no entró en la boca. Se clavó a media altura del cuerpo.

Y el agua explotó.

El animal comenzó a sacudirse con una fuerza descomunal. Durante varios minutos, David sostuvo la caña mientras el robalo levantaba una cortina de lodo que lo ocultó por completo.

No podía ver al pez.

Sólo podía sentirlo.

—Estaba como una fiera. Pero yo no le aflojaba tampoco.

Cinco minutos, calcula ahora.

Tal vez menos.

En una pelea así el tiempo tiene otras dimensiones.

Hasta que todo se detuvo.

El agua volvió a serenarse.

De pronto, la tensión desapareció.

David pensó que el pez se había soltado.

Entonces lo vio.

El robalo apareció otra vez entre el agua.

Seguía llevando el señuelo rojo enganchado en un costado.

El sedal se había roto.

David trató apresuradamente de colocar otra carnada en el hilo de pescar. Pensó que quizá podría enganchar nuevamente al animal y recuperar el señuelo.

No alcanzó.

Cuando terminó, el robalo había desaparecido.

Esta vez no regresó.

David permaneció allí.

Esperó.

Una hora, recuerda.

Nada.

Siguió pescando hasta que comenzó a hacerse tarde y debía emprender el camino de regreso antes de que llegara la noche.

Recogió sus cosas.

Y caminó hacia la camioneta.

—Me regresé muy triste.

No por el pez.

Por la carnada.

—A mí lo que más me podía era que no era mía. Era de mi padre.

“Se la llevó un robalo”

Al día siguiente tuvo que decirlo.

No hubo un gran diálogo.

David simplemente informó a su padre que había perdido su señuelo.

—Le dije que su carnada se la había llevado un robalo.

Don Marcelo escuchó.

No hizo preguntas.

No reclamó.

—Se mantuvo ecuánime.

David creyó detectar cierta molestia. Tal vez la hubo. Tal vez no.

Nunca lo supo.

Entre pescadores perder un señuelo no era ninguna tragedia extraordinaria. Las carnadas quedaban atrapadas entre ramas, piedras y vegetación o desaparecían con algún pez lo suficientemente fuerte para romper el sedal.

El asunto no volvió a mencionarse.

David siguió con su vida.

Se casó en 1960 con Irma Arredondo Villarreal. Formó una familia.

Su padre enfermó años después y murió en 1968.

La carnada quedó enterrada en algún lugar del Ojo de las Ánimas.

Y también, aparentemente, en el pasado.

El hombre que bajó al agua

Pasaron las décadas.

En el año 2000 se acercaba una fecha importante para David y su esposa: cumplirían cuarenta años de matrimonio.

Al acercarse el aniversario, recibió la visita de su cuñado y compadre Ponciano Arredondo Villarreal, un hombre al que también le gustaba pescar.

Pero su cuñado practicaba la pesca submarina: se sumergía a pulmón y pescaba con arpón.

Mientras conversaban en la casa, Ponciano mencionó casi de paso que había encontrado una vieja carnada de madera mientras buceaba en el Ojo de las Ánimas.

Estaba destrozada.

Los anzuelos se habían oxidado. La pintura prácticamente había desaparecido.

Quedaban los ojos y las hélices.

David escuchó.

Entonces le contó una historia que Ponciano no conocía.

Muchísimos años antes había perdido allí una carnada perteneciente a su padre.

Era roja.

Tenía negro debajo de la cabeza, como una barba o unas branquias.

Ponciano prometió llevarle el objeto.

El reconocimiento

Días después, durante la celebración familiar por los cuarenta años de matrimonio de David y su esposa, Ponciano llegó con el señuelo.

David lo tomó entre las manos.

Ya no parecía aquel pequeño pez brillante que había comprado siendo joven.

Había pasado más de cuatro décadas bajo el agua.

La madera estaba desgastada de un costado, como si durante años el movimiento del agua la hubiese restregado contra la arena.

Pero quedaban suficientes señales.

Los ojos de vidrio.

Las hélices con sus respectivos tornillos.

Unos aros que llevaba donde iba cada anzuelo.

La forma del cuerpo.

Y, especialmente, una pequeña huella del antiguo color.

David no necesitó mayores comprobaciones.

—A mí no me quedó ninguna duda.

Era ésta.

La carnada de su padre.

La que un robalo se había llevado enganchada en el cuerpo cuando David todavía era un hombre joven.

Había permanecido en el mismo ojo de agua mientras él se casaba, tenía hijos, enterraba a sus padres y llegaba a sus cuarenta años de matrimonio.

Y la persona que finalmente había descendido hasta encontrarla no era un desconocido.

Era su propio cuñado.

Su compadre.

Restaurar el tiempo

David decidió reconstruirla.

La desarmó.

Quitó los restos de los anzuelos. Limpió las piezas que habían sobrevivido. Conservó los ojos de vidrio y las hélices.

La madera presentaba una zona profundamente desgastada.

Preparó una mezcla de aserrín y pegamento para madera hasta formar una pasta. Rellenó con ella la parte perdida del cuerpo.

Esperó.

Después lijó hasta recuperar la forma ahusada del pequeño pez.

Colocó nuevos anzuelos triples donde los originales se habían destruido. Reinstaló los componentes que podían salvarse.

Y llegó el momento de devolverle el color.

Usó esmalte de uñas.

Rojo.

Después reprodujo de memoria las marcas negras que había visto tantos años antes.

Finalmente aplicó una capa transparente.

El pequeño pez volvió a brillar.

No era una restauración de museo.

Era algo más íntimo.

David estaba reconstruyendo con sus propias manos un objeto que lo conectaba directamente con su padre.

La devolución

Cuando terminó, David no llevó el señuelo nuevamente al agua.

Tampoco lo guardó simplemente en un cajón.

Tenía algo pendiente.

Durante décadas había sabido racionalmente que perder aquella carnada había sido un accidente. Su padre nunca volvió a mencionarla.

Pero la deuda seguía allí.

No económica.

Filial.

Así que David le habló a su padre.

Don Marcelo había fallecido en 1968.

Eso no importó.

David cree que el alma permanece y que su padre podía escucharlo.

Le explicó que finalmente había recuperado aquella carnada.

Le pidió perdón por tardar tanto.

Y se la devolvió.

Simbólicamente.

—Me lamentaba entregársela fuera de tiempo. Pero así se habían puesto las cosas.

Después de aquello tomó una decisión:

Nunca volvería a pescar con ella.

Alguien de la familia llegó a pedírsela prestada.

La respuesta fue inmediata.

No.

Había regresado una vez.

No habría una segunda oportunidad.

Las cosas que no se tiran

Hoy el viejo Heddon permanece en un mueble de la casa de don David, junto con otros objetos que el tiempo fue dotando de significado.

Hay recuerdos de viajes.

Una colección de campanas.

Arena del río Nilo.

Una pelota de béisbol autografiada.

Regalos.

Y allí, entre todos ellos, un pequeño pez rojo de madera con hélices.

En términos estrictamente comerciales, los Heddon de aquella primera época tienen interés considerable para los coleccionistas. Un ejemplar No. 154 de alrededor de 1905 fue descrito recientemente por una importante casa estadounidense de subastas entre los señuelos más apreciados de la marca.

El de don David, sin embargo, ya no pertenece a ese mercado.

Fue sumergido durante décadas.

Perdió su pintura.

Perdió sus anzuelos.

Una parte de su madera desapareció.

Fue reconstruido.

Como objeto de colección, esas alteraciones importan.

Como objeto humano, ocurre exactamente lo contrario.

Cada una de ellas es parte de su valor.

26 años después de recuperar la carnada, don David todavía se pregunta por qué, después de perderlo, no compró otro señuelo parecido para reemplazar el de su padre.

La respuesta le llega durante la propia conversación.

Don Marcelo ya casi no pescaba.

Tal vez por eso.

Tal vez porque nadie imagina, cuando pierde un objeto cualquiera, que décadas después ese objeto regresará para exigirle cuentas a la memoria.

Don David piensa también en la improbabilidad de todo aquello.

Que la madera resistiera.

Que las hélices y los ojos sobrevivieran.

Que alguien encontrara aquella pequeña pieza en un cuerpo de agua de decenas de metros de diámetro y de gran profundidad.

Que ese alguien fuera precisamente su cuñado Ponciano.

Que Ponciano decidiera conservar una carnada oxidada que, a los ojos de cualquiera, podía parecer basura.

Que después mencionara el hallazgo delante del único hombre capaz de reconocerla.

Don David tiene una explicación.

No habla de probabilidades.

No habla de corrientes.

Ni de la resistencia de la madera.

—Quién sabe si papá intervendría.

Luego mira el señuelo.

En Zaragoza, Coahuila, un pescador lanzó una vez al agua una carnada que pertenecía a su padre.

Un robalo la tomó y desapareció con ella.

El padre murió.

Pasaron cerca de cuarenta años.

Hasta que un hombre descendió al fondo de aquella misma agua y encontró un pequeño pez de madera casi destruido.

David Aguirre Valdés tardó décadas en cumplir una promesa que nunca había pronunciado.

Pero al final pudo hacerlo.

Le devolvió a su padre lo que un día le había pedido prestado.

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