Por: Maru Valencia
Saltillo, Coahuila.- Inés tenía 18 años cuando vio el anuncio en Facebook “se solicitan masajistas, no se necesita experiencia”. Se contactó y lo primero que le pidieron fue una fotografía. Le pareció extraño, pero la envió. “Cumples con los requisitos”, le contestaron, y le ofrecieron pagarle un taxi hasta el lugar. Inés no les dijo a sus papás, pero le envió su ubicación a una prima.
La recibió una señora, Fran, que se presentaba como esposa de Hames “N”, y le enseñó el lugar.
“Ella me pasó una cabina de masajes y me la pintó bien chido: aquí nosotros te vamos a enseñar a hacer masajes, te vamos a pagar por comisiones, cada que vendas un masaje tú vas a ganar más que nosotros porque te vamos a dar más de la mitad de lo que cuesta el masaje, y yo dije: ah, pues está bien padre”, relata la joven.
Hames la hizo firmar un reglamento y un contrato por un año, había dos turnos: de 10 de la mañana a 6 de la tarde, o de 2 de la tarde a 9 de la noche. Inés eligió el turno de la tarde. Podían descansar un domingo cada mes, pero aún no le explicaban lo que tenía que hacer. Con ella entró una chica de 17 años.
El “spa” había abierto el viernes, y ese lunes una compañera de Inés le dijo que en dos días había sacado 3 mil pesos. La joven se entusiasmó por la cantidad de clientes que solicitaban masajes, pero su compañera le advirtió que tenía que hablar con Fran.
“Ahí fue cuando empecé a sentir así, como cuando te da miedo en la panza”, expresa con inocencia, “llega Fran y me dice: mira, aquí no necesitas experiencia porque las personas, por lo último que vienen es por el masaje, y yo le dije: pero es que a mí no me explicaste eso, tú me habías dicho que era otra cosa, y dijo sí, pero pues ya firmaste el contrato, y si ustedes rompen las reglas nosotros nos vamos a ir por lo legal y se pueden ir a la cárcel”, detalla.
“Yo en ese tiempo todavía estaba más chiquilla y estaba bien asustada; pensé en decirle a mis papás, pero me dio miedo que se enojaran conmigo”, relata, “entonces me dice: mira, van a venir los clientes y tú les vas a ofrecer quedarte desnuda, que te puedan tocar y tú hacerles estimulación”.
Inés se queda en silencio, tiene la vergüenza que los delincuentes prófugos no tienen.

Relata que todos los días había gente, de hecho, el negocio comenzó a crecer rápidamente, y del local pequeño en el que empezaron se trasladaron a una casa en la colonia República, y ya eran ocho chicas.
“Sí se hizo muy famoso, por día iban, no sé, unos cinco clientes; me acuerdo que en una semana sí me llevé como 20 mil pesos”.
El masaje lo cobraban en 1,500, pero iba subiendo de acuerdo a los requerimientos, y llegaban hasta los 3,500 con el servicio completo. Inés contaba los días para que su contrato llegara a término, al mismo tiempo que Hames enloquecía más y más.
“Me daban ataques de pánico, más porque este tipo, Hames es un hombre que está loco, entonces siempre nos amenazaba y él nos decía que él trabajaba, pues… para matar”, dice Inés.
El hombre se jactaba de haber matado a “mucha gente”, y les advertía a las chicas que si lo traicionaban las mataría, que él ya había quemado otros negocios; les revisaba el celular y las amenazaba con pistolas. Inés se enteró por las noticias que eran réplicas.
“Llegaba él y llegaban otros que trabajaban con él, que eran como sus guardaespaldas, uno se llamaba Abraham y el otro se llamaba Jesús, ellos son de Tampico y los dos también estaban locos, consumían mariguana y cristal”.
Las chicas no contaban con ningún tipo de seguridad, así que los clientes podían hacer lo que quisieran con ellas, de hecho, la administración no les exigía usar protección. A una compañera de Inés la violaron con violencia en la cabina de masajes. Inés aún no se atreve a confesarle nada a sus papás.
“No, nadie, nadie sabe, pero sí estuvo muy feo porque llegaban muchos hombres… me acuerdo mucho de una vez muy traumática, porque era un señor que nos hacía ir a su casa a darle el servicio, pero el señor pedía tres chicas, siempre pedía tres chicas, pero una vez pidió otras tres para su esposa; íbamos seis chicas, en la cama estábamos ocho personas desnudas, ahí, haciendo cosas… cosas muy feas”.
Y es que, las chicas se veían obligadas a acceder en todo ante la eterna amenaza de Hames: la casa nunca pierde. Inés cumplió su contrato, abordó un taxi y ya no regresó. Cambió su número de teléfono, se fue de la ciudad un tiempo y, aunque buscó ayuda sicológica, vive con temor.
“Yo espero que sí lo agarren, porque pues aparte de que era eso, él también es un maltratador de mujeres”, asegura.
Inés sabe que todavía hay “casas de masaje”, una por un gran centro comercial al norte de Saltillo y otras en Monterrey, que son administrados por Fran.
Operaban 2 turnos
La casa de masajes trabajaba bajo dos turnos, uno de 8 y otro de 7 horas. El primero, de 10:00 a 18:00 horas y el segundo, de 14:00 a 21:00 horas.
Hay más
La joven señala que en Saltillo las mismas personas operan por lo menos una casa de masajes más, y algunas otras en Monterrey.
Sin protección
Las chicas no contaban con ningún tipo de seguridad, así que los clientes podían hacer lo que quisieran con ellas, de hecho, la administración no les exigía usar protección. A una compañera de Inés la violaron con violencia en la cabina de masajes.
CIFRAS
$3,500 el costo de servicio completo
$1,500 el precio por sólo el masaje
$20,000 alcanzó a obtener Inés en ganancias, por laborar bajo amenazas
madpf