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La noche en que el agua sepultó a Piedras Negras
Piedras Negras

La noche en que el agua sepultó a Piedras Negras

Advertencias ignoradas, una ciudad bajo el agua y una comunidad que sobrevivió gracias a la solidaridad en una de las mayores tragedias de su historia.

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Autor: Orquídea López Allec
28 de junio de 2026 a las 13:40 · 759 Vistas · 2 min de lectura

Piedras Negras, Coahuila.- Tras sonar la alarma de Bomberos, cientos de personas pudieron haber salido, pero muchas no lo hicieron, la gran mayoría se resistió, porque se creyeron seguros en sus casas o querían cuidar sus bienes. Fueron ellos quienes vivieron una noche de terror, relata el profesor Manuel Humberto Faz Villarreal al describir a detalle lo que sucedió el 28 de junio de 1954 en Piedras Negras, Coahuila.

“Sufrieron una noche de horrores al darse cuenta, en la negrura de la noche, que el agua subía inexorablemente hacia donde ellos se encontraban refugiados y al escuchar los gritos pidiendo socorro de quienes estaban en peores condiciones. El llanto de los niños, el ruido característico del derrumbe de viviendas que no resistían la fuerza de la corriente y después el silencio más absoluto que les encogía el corazón y que les hacía temer por su próximo fin.”, escribió hace 72 años el periodista del desaparecido diario La Voz del Bravo.

Un artículo de la Revista de Revistas donde aludían que Piedras Negras había quedado sepultada bajo el agua fue lo que lo motivó a escribir la crónica “Mienten, Piedras Negras no ha muerto”.

Durante varios días, las intensas lluvias provocadas por el huracán Alice hicieron crecer de manera extraordinaria los caudales del río Bravo, el río Pecos y el río Diablo.

Desde Estados Unidos llegaban advertencias sobre una creciente histórica, mientras en Piedras Negras las autoridades iniciaban evacuaciones preventivas.

“El presidente municipal de Piedras Negras, señor Rolando González, con cierto recelo y motivado por el deseo de no causar un pánico en la población, empezó a tomar medidas precautorias, ordenando se salieran las personas que habitaban los barrios bajos de la ciudad, como Las Vegas del Río, El Pocito y la colonia Bravo, que han sido siempre lugares propicios para inundarse, viéndose con angustia que el río empezaba a crecer, aunque muy lentamente”, precisa el escrito; sin embargo, muchos habitantes confiaban en que el río, como otras veces, no alcanzaría la ciudad.

La mañana del domingo 27 de junio de 1954 transcurrió entre la incertidumbre y la curiosidad. De acuerdo al texto del también profesor, decenas de familias acudían a los puentes y a las márgenes del río para observar cómo el agua avanzaba lentamente y cómo algunos jóvenes se arriesgaban, desafiando la corriente, al rescatar algunas cosas de valor que eran arrastradas por las aguas del Bravo.

“Y hasta entonces, muchas personas de reciente estancia en la ciudad se daban cuenta del porqué el manso río, que ellos habían visto en tiempo de secas, había sido bautizado como río Bravo del Norte, el que una vez más hacía honor a su nombre”.

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Una publicación nacional llegó a afirmar que Piedras Negras había quedado sepultada bajo el agua, versión que motivó a Manuel Humberto Faz Villarreal a escribir su célebre crónica “Mienten, Piedras Negras no ha muerto”.

No obstante a lo que sucedía en el río, en el centro de la ciudad el ambiente de fiesta imperaba con el tradicional paseo en la plaza y los espectáculos que no fueron suspendidos. Nadie imaginaba lo que en cuestión de horas aquella creciente ocasionaría.

El periodista narra que la madrugada del 28 de junio la ciudad despertó cuando se escucharon varios disparos de arma de fuego, señal con la que se acostumbraba a dar llamados de alarma en ese entonces. Los bordos eran vigilados constantemente, mientras las autoridades luchaban contra una corriente que ya parecía imposible de contener.

“Las autoridades, por medio de camionetas con magna voces y por las estaciones de radio, estuvieron urgiendo a los vecinos para que se salieran de la ciudad y se remontaran a las lomas que se encuentran entre Piedras Negras y Villa de Fuente”.

En medio de la emergencia surgió también la solidaridad. Camioneros, ferrocarrileros y ciudadanos ofrecieron sus vehículos para trasladar a cientos de familias hacia las partes altas de la ciudad. Sin importar el riesgo, todos colaboraban para poner a salvo a quienes más lo necesitaban.

La tensión alcanzó su punto máximo cuando una fuerte explosión anunció la demolición parcial del Puente Urbano Internacional, hoy Puente Internacional 1, una medida desesperada para reducir la presión de la corriente. El estruendo sembró el miedo.

“Me di cuenta de que un avión norteamericano de propulsión a chorro pasaba a baja altura sobre el Puente Internacional y a continuación oí una explosión apagada que levantó infinidad de fragmentos al cielo. Acababa de ser volado con precisión matemática la parte del puente que pertenece a la ciudad de Eagle Pass, pues había acumulado entre sus pilares una gran cantidad de ramazón que hacía peligrar todo el viaducto”, relata.

Decenas de automóviles abandonaban el centro de la ciudad con terror, mientras otros intentaban ingresar sin saber que una tragedia estaba en desarrollo.

A las cinco de la tarde sonó la sirena del Cuerpo de Bomberos. Era la última advertencia para evacuar. Muchos obedecieron; otros decidieron permanecer en sus casas para proteger su patrimonio, sin imaginar que el agua terminaría por arrebatárselo todo.

Con la llegada de la noche, la ciudad quedó envuelta entre la oscuridad, los gritos de auxilio y el estruendo de viviendas que eran arrastradas por la corriente. 

La inundación no solo destruyó calles y edificios; también dejó una herida que permanecería por generaciones en la memoria de los nigropetenses.

Más de setenta años después, los testimonios de quienes vivieron aquella tragedia siguen recordando la fuerza devastadora de la naturaleza, pero también el espíritu solidario de una comunidad que encontró la manera de levantarse entre el lodo y la desolación.

Sentada en el portal de su vivienda de la colonia 28 de junio, donde fue reubicada con su familia, la señora Mary Guerrero Gómez, de 106 años de edad, recuerda cómo la inundación alcanzó su hogar en la colonia Mundo Nuevo.

“Yo vivía en la Mundo Nuevo, pero empezó a meterse el agua y nos vinimos para Villa de Fuente; luego para acá había puro monte”, relata.

“Mandó el presidente unas trocas para que nos sacaran de las casas y nos dijeron que nos viniéramos para acá. Se llevó (el agua) todo lo que teníamos. No quedó nada. Volvimos a comprar otra vez cosas”, añade.

La inundación de 1954 no solo forma parte de la historia de Piedras Negras; es una lección de resiliencia que el tiempo se ha negado a borrar.


dmc

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