Saltillo, Coahuila.- No todas las madres caben en la misma definición. Algunas crían en silencio, otras a distancia, otras entre etiquetas que la sociedad no termina de entender. Todas maternan.
En Coahuila, la maternidad tiene muchas formas. Algunas se viven en casa, entre mochilas escolares y rutinas. Otras, entre recordatorios pegados en la pared para no olvidar lo urgente. Algunas más, detrás de muros, donde el tiempo pasa distinto y los abrazos se vuelven escasos.
Y hay otras que ni siquiera son reconocidas como tal.
Son maternidades invisibles: aquellas que existen, pero que la sociedad no siempre nombra, valida o comprende.
Desde la identidad

Elizabeth habla sin rodeos. Se define como una persona “independiente, madura, responsable y tranquila”. Y cuando se trata de su hijo, no duda: “Soy muy buena mamá”.
Su historia rompe con muchas ideas preconcebidas. Es una mujer trans que comenzó su transición cuando su hijo ya tenía 10 años. Para ella, ese proceso no significó una ruptura con su maternidad, sino una evolución.
“No cambió nada, simplemente me convertí en una mejor persona”.
Su día a día es el de cualquier madre: escuela, ropa, organización, trabajo. La rutina gira en torno a su hijo. “Mi vida es mi niño”, resume.
Pero hay una diferencia que no siempre se ve: la manera en que ha aprendido a habitar su maternidad en un entorno que aún puede ser adverso.
Elizabeth ha optado por la discreción. No como una renuncia, sino como una forma de protección: “Lo hago también por mi hijo… para evitar que le hagan bullying”, explica.
En su experiencia, la invisibilidad no siempre es impuesta; a veces es una estrategia para cuidar. Evitar conflictos, evitar miradas, evitar riesgos.
Aun así, su historia está lejos del rechazo constante que muchas veces se asume. Habla de aceptación, incluso desde lo más importante: su hijo.
Cuando le explicó su transición, él tenía apenas 10 años: “Me dijo que me amaba mucho y que siempre me iba a apoyar”. Desde entonces, su vínculo se fortaleció.
Hoy, su maternidad no se define por etiquetas, sino por la presencia, el cuidado y el amor cotidiano. Y si algo quisiera cambiar, no sería su historia, sino el entorno:
“Me gustaría que la gente estuviera más trabajada mental y emocionalmente… eso evitaría mucha violencia”.
Mente que no se apaga
Para Vianny, la maternidad también se vive desde un lugar poco visible: la mente.
Fue diagnosticada con TDAH durante su embarazo. Tenía 30 años. El diagnóstico llegó casi al mismo tiempo que la noticia de que sería madre, por lo que decidió enfocarse en una sola cosa: su hijo.
“Es un tema que dejé de lado”, reconoce. Pero el TDAH no desaparece. Se manifiesta en lo cotidiano: en el insomnio, en la dificultad para concentrarse, en la sobreestimulación, en el miedo constante de no estar haciendo lo suficiente.
Su casa es un mapa de supervivencia: notas adhesivas por todos lados, recordatorios, rutinas estrictas.
“El grupo de la escuela es el único que no tengo silenciado”, cuenta.
Ser madre soltera y neurodivergente implica un desgaste que pocas veces se reconoce.
“Me tengo que estar obligando y obligando”, dice sobre actividades tan básicas como poner atención en una junta escolar. A eso se suma la culpa.
“Sí me llega… más veces de lo que quisiera”, admite.
Su maternidad no se parece a los estándares idealizados. No busca la perfección, sino el equilibrio. “Improviso muchas cosas día a día”, dice.
También ha encontrado en su hijo un espejo y una conexión. Él fue diagnosticado recientemente con hiperactividad, y lejos de verlo como una dificultad, lo entiende desde la empatía.
“Somos un gran equipo”.
Para Vianny, la invisibilidad está en lo que no se cuenta: el esfuerzo mental constante, el cansancio emocional, la sobrecarga silenciosa.
“Se habla de lo bonito de ser neurodivergente… pero no de la parte oscura”.
Amar a distancia

Para Gloria, la maternidad tiene un peso distinto.
Tiene 64 años, cuatro hijos y lleva 12 años privada de la libertad en el Centro de Reinserción Femenil de Saltillo. Está por terminar una licenciatura en Derecho, pero su historia no se mide en logros académicos, sino en ausencias.
“Lo más difícil es no tenerlos”, dice. Los cumpleaños, las celebraciones, el Día de las Madres… todo ocurre sin ella.
“Duele no sentir sus abrazos, no escuchar un ‘te amo'”.
Sus hijos la visitan cada varios meses. Uno de ellos ha dejado de hacerlo. Aun así, Gloria no evade su realidad. “Son las consecuencias de mis actos”, reconoce.
Desde el penal, sostiene su maternidad como puede: llamadas, cartas, manualidades, palabras. “Estoy bien… pero a veces me derrumbo”, confiesa.
Pero más allá de su historia personal, hay algo que le pesa aún más: la forma en que la sociedad las percibe.
“Para la sociedad, las madres privadas de la libertad no existimos“. Su voz es firme cuando lo dice. Y también cuando defiende su lugar: “Estar aquí no te hace más ni menos madre”.
Lo que no se nombra… desaparece
Las historias de Elizabeth, Vianny y Gloria no suelen ocupar un lugar en la mente de quienes a diario conviven con ellas. Tampoco las de quienes atraviesan una pérdida gestacional. Pero todas tienen algo en común: desafían la idea única de lo que significa ser madre.
En una sociedad que suele simplificar la maternidad a una sola imagen —presente, estable, visible—, todo lo que se sale de ese molde queda fuera. Invisible. Y sin embargo, ahí están.
El duelo que no se ve

Hay maternidades que ni siquiera alcanzan a ser reconocidas: las de quienes pierden a sus bebés antes de nacer o poco después. Un duelo que muchas veces se minimiza porque no hay un hijo en brazos.
Para atender estos casos, en Coahuila se implementó el Código Mariposa, un programa impulsado por Inspira Coahuila.
Su objetivo es brindar acompañamiento emocional a familias que atraviesan una pérdida gestacional, perinatal o neonatal.
De acuerdo con Cecilia de la Garza, directora de la institución, se trata de un proceso que muchas veces pasa desapercibido.

“Es un duelo silencioso, pero cada vez más común”, explica. El programa busca sensibilizar al personal médico y evitar situaciones que profundicen el dolor: preguntas fuera de contexto, comentarios automáticos, falta de empatía.
Pero también va más allá del hospital, pues incluye seguimiento sicológico y acompañamiento continuo.
AFL